Revistas de Miramar

Desde que recuerdo, con mi familia siempre pasamos los veranos en las playas de Miramar. Al principio de alquiler. Hasta que cuando tenía 8 años, mi papá compró el famoso apartamento de Miramar, el que muchos de mis amigos conocieron y disfrutaron.

Mis vacaciones en Miramar eran largas. Papá nos llevaba en enero a mi madre, mis hermanas y a mí, y el volvía a trabajar. Luego volvía en febrero. Así que todos esos años, yo pasaba los meses de enero y febrero allí.

Era mucho tiempo, y me aburría mucho porque al principio no conocía a nadie de mi edad.

Como cualquier niño, yo quería ir a jugar a los locales de maquinitas, pinball, etc o  alquilar kartings, comprar golosinas, helados… Todas actividades para las que se necesitaba dinero.

Mis padres nunca fueron de los darme mucho dinero para estas cosas, por lo que muchas veces pasaba tardes en los locales de videojuegos, viendo como jugaban los afortunados que podían jugar.

Así que cuando me cansaba de la playa, de contar autos por la ventana y de jugar solo a las cartas, de ver jugar a los demás, empecé a ver nuevas opciones. Y surgió el comercio editorial.

Había visto a alguno mayor que yo vendiendo revistas de historietas en la rambla alguna vez. Así que un día, con 9 años, se me ocurrió salir con un montón de revistas de historietas que tenía y que ya había leído, junto con otras de actualidad, de prensa rosa o similares. Conseguí una caja grande como transporte, le puse precio a cada una y bajé a probar suerte. Di vuelta la caja y la puse a modo de mesa, desplegué las revistas sobre ella, y puse un cartel artesanal que decía “canje y venta de revistas”, a la vez que voceaba “revissstas, canje y venta de revissstas”. El canje era muy importante, porque era un dos por uno que me generaba más stock de revistas. Para la venta, cada revista tenía un precio, normalmente un 50 % del precio de venta nueva.

Ahí me tiraba horas todas las tardes.

Con el tiempo hasta tenía clientes fijos, que venían casi todos los días.

Con el dinero ganado, por la noche salía a jugar a las maquinas (tenía un vicio con el Space Invaders), me compraba algún helado, etc.

Como veía que funcionaba, para el año siguiente había recolectado revistas durante todo el año y le llenaba el coche a mi padre de revistas viejas.

El tercer año, el padre de mi amigo Alejandro, que trabajaba en una editorial de tebeos me consiguió un montón de estas revistas nuevas, con un sello que decía prohibida su venta, ya que eran para promoción de la editorial.

Eso fue tremendo. Qué bien funcionaba el negocio con esa aportación. Eran todas revistas nuevas y las mas solicitadas.

Más adelante, diversificaba. Agregando unos muñequitos en forma de pingüinos, peces, perritos etc. que hacía yo pegando y pintando caracoles que juntaba por la playa.

A lo largo de mi vida profesional me tocó hacer muchos cursos de estrategia comercial, marketing, ventas, etc. Pero creo que las clases prácticas de esos años fueron mejores que muchos de esos cursos.

Al final, pese a esos momentos de aburrimiento, qué bien me lo pasaba en Miramar.

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