Popi

Gabriela tenía un cachorro de unos meses, cuando la conocí. Se llamaba Popi. No era de raza, pero se parecía a un Pinscher. Era una perra de 5 kilos con aspecto de Doberman pero en versión bonsái. Era buena, pero le ladraba a todo, con un ladrido agudo de esos que hacen daño a los oídos. Está claro que ese ladrido agudo es el arma de defensa de los perros pequeños.

Cuando emigramos a España, la perra quedó con mi suegra. Al año de estar en Madrid, recibimos la triste noticia del fallecimiento de la madre de Gabriela. Viajamos de urgencia a Bs. As. Para el entierro y a la semana, nos volvimos a Madrid.

Pero quedaba Popi sin familia.

Decidimos hacer todo el papeleo oportuno y la trajimos a Madrid con nosotros.

Viajó en una jaula de madera en la bodega del avión. Cuando llegamos a Madrid, fuimos a recoger el equipaje y la vimos llegar con cara de susto, dentro de su jaula, que estaba rodando en la cinta de las maletas.

Al llegar a casa, lo olió todo y se volvió a meter en su jaula. A partir de ese día, se convirtió en su caseta.

Popi recorrió toda Europa con nosotros. Entró a museos en un bolso especial que tenia, también a restaurantes. Los alojamientos y campings que buscábamos siempre debían admitir mascotas. Hasta tenía un pasaporte con foto!!!!

Pasaporte de Popi

Ladraba mucho cuando se quedaba sola. No la podíamos dejar en casa al ir a trabajar porque nos protestaban los vecinos.

Así que descubrimos que en el coche no ladraba.

Yo me la llevaba a trabajar en el coche y ahí se quedaba. En verano, tenía que buscar un lugar con sombra, dejar las ventanillas un poquito abiertas, e iba a verla cada rato a ver qué tal estaba, darle agua o un paseo… En invierno como era de las que pasaba frio, se ponía en el asiento del acompañante y yo la tapaba totalmente con su manta. No se la veía.

Un día de invierno, tenía que hacer una revisión del coche, y fui al taller. Le dejo el coche y le digo al mecánico que al mediodía lo iría a recoger.

Al rato, el del taller me llama muy nervioso, y me dice que había un perro en el coche.

Se me había olvidado que, en el asiento del acompañante, y debajo de la manta estaba Popi. El mecánico se sube al coche y al arrancar, de debajo de la manta asoma una cabeza, como en la bici de la película ET. Me imagino el susto que tuvo ese pobre hombre. Creo que cambié de taller luego…

Fue parte de nuestras vidas hasta que murió, en marzo del 99 con casi 17 años. Me tocó el mal trago de llevarla al veterinario, y tuvo que sacrificarla porque sufría mucho. Salí de allí y tuve que parar el coche al poco de arrancar, y lloré un buen rato. Los que quieren a sus perros como parte de su familia lo entenderán.

Pasaron 5 años hasta que recogimos otra perra, pero Popi fue única.

3 comentarios en “Popi”

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