Aburrimiento infantil

De pequeño me aburría mucho. Siempre tuve envidia sana de mis hermanas, que contaban en su infancia con varios primos de su edad. Yo llegué tarde al reparto de primos y no coincidí en edad con ninguno. Mi colegio no estaba cerca de casa, mis compañeros de clase no vivan cerca. Y por último, mi barrio tampoco era prolífico en niños.

Con el tiempo, fui ideando diversiones para las largas tardes de mi casa.

Eran muchos los juegos inventados, pero hay algunos que los recuerdo especialmente.

Siempre me gustó mucho jugar a las cartas. Pero solo podía jugar al solitario. Sin embargo yo prefería otros juegos. Así que me inventé un contrincante.

Como estaba solo, jugaba al chinchón o a otros juegos, con “el mudito”, un adversario imaginario que debía su nombre a que, obviamente, no hablaba. Y ahí estaba yo, repartiendo las cartas para dos, todas boca arriba. Primero jugaba yo, y luego  jugaba como “el mudito”, sin hacer trampas y buscando la mejor jugada desde su punto de vista. Lo hacía tan bien, que a veces perdía yo, y ganaba “el mudito”.

Otras veces, subía a la terraza de mi casa, y hacia un conglomerado de autopistas con ladrillos y tablones que estaban por allí, para luego recorrerlo con mis coches de juguete.

Un día de verano, pasó por casa un vendedor de alfombras. Mis padres compraron dos, que fueron destinadas al salón y al comedor.

Una era horrible, de un color verde militar oscuro. La otra pretendía parecer persa. Tendría unos 2 x 2.5 metros, y predominaba el color rojo. En los bordes tenía una guarda decorativa, con círculos cada 3 cm. Aproximadamente.

Desde que llegó, lo tuve claro. Sería mi tablero de juego.

Yo tenía una colección de coches miniatura de la marca Matchbox. Eran replicas a escala de muy buena calidad. A mí me gustaban mucho, así que siempre los pedía para mis cumpleaños. Así fue creciendo, y en ese momento, tendría unos 40 coches.

Un día, le asigné a cada coche un nombre de un piloto de F1 del momento (con 9 años y ya era apasionado de la F1). Como me sobraban coches, ponía nombres de otros pilotos de otras categorías.

A continuación, empezaba a tirar un par de dados y avanzar cada coche, utilizando la decoración del borde de la alfombra a modo de casillas. Participaban los 40 coches, una tirada para cada uno.  Al terminar con todos, vuelta a empezar con el primero. La carrera era a 2 o 3 vueltas de la alfombra, por lo que podía tardar toda la tarde.

Al final se asignaban puntos, siguiendo fielmente el sistema de puntos del campeonato de F1.

Tenía una hoja, donde apuntaba los puntos del campeonato, la cantidad de carreras ganadas y demás estadísticas que me inventaba. Un campeonato duraba unas 20 carreras, así que tenia campeonatos cada mes o mes y medio.

Siempre que lo recuerdo, me gusta ver como gestionaba mi aburrimiento.

Esa colección de coches, que había ido creciendo con los años, terminó guardada como un bien preciado. En mi emigración a España se quedaron en Buenos Aires y nunca la volví a recuperar.

Creo que fue de las cosas que más lamenté perder.

3 comentarios en “Aburrimiento infantil”

  1. Me encantó el relato. Me causó mucha gracia “el mudito”.
    Increíble esa disponibilidad para resolver situaciones, y mitigar la soledad y el aburrimiento. Tan chiquito!!!

    Le gusta a 1 persona

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