La falsa educación

En ocasiones he visto que muchas personas tienen actitudes en sus relaciones personales, que se presuponen de buena educación. Frases automáticas con ofrecimientos o intenciones futuras, que se dicen para completar vacios, y que parecen elegantes.

Por ejemplo, alguna vez a todos nos han dicho “te llamo y nos vemos” cuando sabemos que nunca nos llamarán y menos nos verán. Hay quien ofrece algo por compromiso, sabiendo que ninguno de los presentes lo aceptaran, pero que hace que parezca un acto de generosidad.

Yo no comparto estas actitudes.

Con los años, aprendí que siempre me va mucho mejor, diciendo lo que realmente quiero hacer. Si es por educación, prefiero la callada por respuesta. Como todo en la vida, fue un aprendizaje paulatino. Y creo que todo comenzó en el verano del 83.

Ese verano, disfrutaba de las vacaciones, como tantas veces, en las playas de Miramar. Hacía ya un par de años que en el verano, me encontraba con mi amigo Fernando, compañero de aventuras para las vacaciones. Pero este año algo había cambiado. Mi amigo tenía una novia que estaba en las playas de Mar del Plata, a 50 kilómetros.

Optó por una decisión salomónica, un día viajaba para pasar el día con ella y al otro se quedaba en Miramar. Ese año tenia amigo los días pares. Los impares los pasaba solo.

Un día impar, me propuso ir con él a pasar el día con su novia. Y fuimos.

Llegamos directamente a la playa. Allí estaba su novia, a la que yo ya conocía, y también la familia de la novia, a los que veía por primera vez. Sus padres, nos invitaron a cenar en su casa, antes de que nos marchemos de vuelta. Mi amigo aceptó en nombre de los dos.

Pasamos el día entero en la playa, en el que al mediodía, solo comimos un sándwich, y casi ya de noche, fuimos todos a su apartamento. La madre cocinó pasta con salsa de tomate. Luego del día tan largo, con un solo sándwich en mi cuerpo de 18 años, todo me sabía a gloria. Nos sentamos a la mesa y nos sirve  una pequeña porción a cada uno. Como tenía mucha hambre, se ve que comí de prisa y terminé el primero. La madre, al ver mi plato vacio, me ofrece repetir.

Yo, intentando ser educado, le contesto un «no, gracias» con la idea de aceptar cuando insistiera porque estaba muerto de hambre. Pensaba que, como todas las madres insistiría.

Esta madre no insistió.

Pasado un rato, y conforme los demás iban acabando sus platos, les iba preguntando si querían repetir. Todos aceptaron. Ahí estaban todos repitiendo y yo con el plato vacío, con hambre, y mi amigo conteniendo la risa, sabedor de la situación.

Finalmente nos fuimos a la estación de autobuses, donde esperábamos el nuestro para volver a casa, Allí me compré un sándwich, para poder llegar a casa sin desesperación.

Creo que ese día comenzó ese aprendizaje.

Hace unos cuantos años, estaba en la isla de Lanzarote en una convención de telefonía, organizada por el operador, en el que participábamos todos los distribuidores de España. A la hora de regresar a Madrid, mi vuelo se canceló por avería en el avión. Yo tenía que estar al día siguiente en Madrid obligatoriamente. En ese momento, un compañero que volaba en el siguiente vuelo, comentó que a él le daba igual quedarse una noche allí. Que si alguien necesitaba volar que no le importaba quedarse.  Inmediatamente, le dije que necesitaba estar en Madrid al día siguiente y que aceptaba su ofrecimiento. Y regresé en su lugar.

Más adelante nos hicimos amigos, y me recordó esta anécdota. Me dijo que su cara de sorpresa fue mayúscula, ya que, en su fuero interno, pensaba que nadie aceptaría su ofrecimiento. Solo lo dijo como para rellenar el vacío y supongo que en cierta medida, dar una buena impresión a los presentes, que apenas nos conocíamos.

Le conté mi anécdota de la cena de pasta en aquel verano de 1983, y como corolario,  le solté mi conclusión:

Nunca ofrezcas lo que no quieres ofrecer, ni rechaces lo que quieres aceptar.

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