Cigarrillos

La semana pasada estaba viendo una vieja película de hace más de 40 años. El protagonista fumaba compulsivamente y la imagen me trasportó a esos años, cuando fumar no era una práctica censurada, sino todo lo contrario. En esos días, los que éramos adolescentes veíamos a los cigarrillos como transporte para llegar a ser adultos. En nuestro entorno, se fumaba en todos lados, en discotecas, donde al entrar te sumergías dentro  de una niebla londinense de humo, en los hospitales, donde veías a médicos que visitaban pacientes con un cigarrillo en su mano, en los aviones donde tenias zona de fumadores, en los todos los lugares de trabajo, los bares…, y por supuesto, en mi casa también.

Mi padre fumaba desde siempre. Recuerdo que me contó un día, que con 7 años probó su primer cigarrillo. Eso fue hace casi 90 años y eran otros tiempos. Mi madre comenzó a fumar con casi 40 años, como forma de socializar con sus amigas, todas fumadoras,  y mi hermana Nora también llevaba unos años fumando. Solo mi otra hermana Graciela era no fumadora, pero hacia unos años que ya no vivía en casa. En este entorno, era previsible que yo también lo hiciera tarde o temprano.

El primer cigarrillo que fumé fue un Pall Mall. En enero de 1980, invité a mi amigo Pablo, a pasar unos días a la playa con mi familia, en el famoso apartamento de Miramar. Teníamos 15 años, y estábamos en plena adolescencia. Sin saber porque, un día compramos un paquete de Pall Mall, y nos fumamos nuestro primer cigarrillo. Pese a lo desagradable de esas primeras toses, fue toda una experiencia de iniciación. Todavía recuerdo ese paquete rojo con dorado, al que le buscamos un escondite para guardarlo, y que mis padres no lo vieran. No debío haber sido una experiencia interesante, porque creo que medio paquete fue a la basura, y no volví a fumar hasta mediados de 1981.

Muchos de mis amigos pasaron por una etapa similar de experimentación. En mi instituto, todas las mañanas antes de entrar a clase, algunos de los que llegábamos pronto al colegio, subíamos las escaleras que había al final del corredor, donde se subía al laboratorio. Allí teníamos el escondite de fumar, donde los fumadores del momento, apuraban un cigarrillo antes de que sonara el timbre. Y los demás acompañábamos.

Como decía, empecé a fumar sin saber porqué mediados de 1981. Enseguida me pasé al tabaco negro. En casa me encerraba en mi habitación por la noche, y al fumar, usaba como cenicero una lata de caramelos, que cerraba luego y la escondía. El tabaco negro olía mucho, y creo que, aunque en mi casa todos fumaban, mi cuarto debía tener un intenso aroma por las mañanas. Nunca mi madre ni mi padre me dijeron nada, no sé porqué. Íntimamente, esperaba el reproche que no llegó. Finalmente, después de unos meses, se los comenté y blanqueé la situación.

Tiempo más tarde, un día, con 24 años, tuve un fuerte resfriado con dolor de garganta. Sin pensar encendí un cigarrillo, estando en la cama. Me sentó tan mal, que lo apagué, e inmediatamente, tiré el paquete  que tenia por la mitad a la basura. Ese día dije adiós al tabaco. Nunca más volví a fumar.

Cuando llegué a Madrid, y comencé a trabajar, en las reuniones comerciales a las que asistía, y en las que seriamos una media de 15 personas, todos fumaban menos yo. Creo que fue en esos días donde empezó a molestarme el tabaco. No solo me molestaba en el momento en sí, sino en ese olor que quedaba impregnado en la ropa.

Con los años la sociedad tomó conciencia de los inconvenientes nocivos del tabaco, lo que hizo que cada vez se fume menos y se limiten los espacios para ello. En paralelo la molestia de un ambiente de fumadores fue creciendo en mí. Quizás me voy haciendo más viejo. Me molesta muchísimo el olor. Si estoy con alguien que fuma, el olor que se impregna en la ropa hace que la ponga a lavar al llegar a casa.

Sin embargo, después de más de 30 años sin fumar, de vez en cuando, voy caminando por la calle y pasa alguien fumando. De repente, me llega una brisa de humo que sin querer, entra directa a mis pulmones. En ese instante, tengo una sensación especial, que activa algún recoveco de mi cerebro. Sin fuerza de voluntad, en ese momento me fumaría un paquete entero.

Cuando me pasa esto, pienso en lo que dicen los que saben, que una adicción es para toda la vida. Debe ser verdad. Es por eso que siempre agradezco que la mía haya sido solo el tabaco.

3 comentarios en “Cigarrillos”

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