Mi amigo Pablo

Desde que vivo en Madrid, hace más de 30 años, me convertí casi sin querer, en anfitrión de  amigos, primos, tíos, conocidos, etc., que han ido  pasando por esta ciudad  a lo largo de los años. Siempre me gustaron los reencuentros con personas con las que tengo poco contacto, por culpa de la distancia. Y por ello, cada vez que me entero que alguno pasa por Madrid, aprovecho la ocasión para reunirnos. Muchas veces, solo son unas horas en una cafetería, otras menos, son días en casa. A muchos los he llevado a visitar los típicos lugares turísticos. Al punto que algún sitio, como el Alcázar de Segovia, lo visité tantas veces que reconozco a los guías de las visitas y  me sé su explicación casi de memoria. Podría reemplazarlos en una emergencia.

Estos reencuentros son muy interesantes. Cuando algún amigo o familiar llega a Madrid y nos vemos por primera vez en mucho tiempo, todo es una incógnita. Uno tiene un recuerdo de esa persona, e intenta retomar la conversación, donde cree que la dejó tiempo atrás. Pero con el tiempo, todos cambiamos, y no siempre en la misma dirección.

Muchas veces, es la oportunidad para restablecer el contacto perdido. En algunas, me encuentro con viejos amigos, y hablamos de nuestros momentos compartidos en el pasado, aunque a veces, tengo la sensación que solo nos queda ese pasado, y aparecen algunos silencios incómodos. Otras veces, noto que el paso de los años amplió las diferencias, y no encuentre puntos en común. Hay personas con las que mi contacto era escaso, y percibo que ahora, si la distancia no fuera un obstáculo, podría coincidir mucho más que en el pasado. Y en alguna ocasión puede pasar que mire el reloj, para medir el tiempo  suficiente,  para no parecer descortés al desaparecer.

Pero hay días, muy pocos, en que me llevo una enorme sorpresa, al encontrarme con un antiguo amigo, sin ninguna aspiración mas allá del encuentro, y comenzar a hablar para ver, al cabo de un rato, que mi amigo sigue siendo el mismo que dejé, y que no perdimos la confianza mutua para contarnos cosas. Y si esa sensación es recíproca, esos días son fantásticos.

Hace unos años viví uno de esos días. Una mañana recibí un mensaje de mi amigo Pablo, en el que me decía que estaría, próximamente, una noche en Madrid, y que podríamos encontrarnos.

Madrid, abril de 2016

Nos conocemos desde pequeños, pero nos hicimos amigos con 12 años. En esos años de adolescencia, me pasaba muchas tardes en su casa, jugando al ping pong y escapando de su perro Tom. Algún año le invité a pasar las vacaciones con mi familia, en el famoso apartamento de Miramar. Allí, con 15 años, intentábamos aprender a conseguir compañía femenina con poco éxito, y también fumarnos nuestros primeros cigarrillos a escondidas.  

Miramar, febrero de 1980

Terminamos el instituto y llegó la universidad. Queríamos comernos el mundo e ideábamos planes para aventuras económicas. Un día decidimos emprender nuestra primera experiencia empresarial. Se nos ocurrió comprar al por mayor, material escolar. Hojas de carpeta, cuadernos, etc. Lo cargamos todo en el coche y recorrimos librerías de Isidro Casanova, por zonas que hoy sería impensable adentrarse. Vendimos algo, aunque luego de un par de semanas, asumimos nuestro fracaso, y nos quedamos con material escolar para mucho tiempo.

Con los años, cada uno se casó. Yo emigré. Y poco a poco, la distancia hizo el resto.

El día que llegaba a Madrid quedamos a la tarde en su hotel. Solo disponíamos de una noche para cenar porque estaba de paso. Creo que no nos veíamos desde hacía unos 20 años. Nos pusimos a hablar en la cafetería del hotel y organizamos la cena por Madrid sobre la marcha. Conectamos inmediatamente y las horas se nos pasaron rápidamente. Ambos tuvimos la sensación de que seguíamos hablando con la misma frescura de siempre, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Nos lamentamos que solo fuera una noche. Y también de haber perdido años de amistad.

A partir de ahí, no perdimos el contacto. Retomamos nuestra amistad donde la habíamos dejado. Por suerte, la tecnología ha hecho que las distancias se acorten y que podamos seguir conectados de forma permanente, pese a la distancia.  

Pocas veces estos encuentros terminan así, pero estas ocasiones hacen que merezca la pena intentarlo siempre.

9 comentarios en “Mi amigo Pablo”

  1. Yo soy el que no emigró. La primavera (Madrileña) del 2019, me regalé para mis 50 el demorado viaje a España. A orillas del Manzanares, me encontré después de muchos años con una Amigo de años. compartimos unas tapas, unas cañas, mucha charla y recuerdos tan viejos como nosotros mismos.
    Hermoso relato, me llevaste a ese momento, con ese Amigo, es un Madrid que me es ajeno, pero que sin embargo añoro.
    Gracias!!

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