Alfonso, el actor.

Conocí a Alfonso en mi tienda de telefonía, en el año 2000. Era una tienda de Amena, que estaba en Madrid, en la calle Toledo a 100 metros de la Plaza del Cascorro, donde todos los domingos miles de madrileños y turistas visitan el famoso Rastro. Pese a estar en el corazón de Madrid, era, y supongo que seguirá siendo, un barrio de los de antes, donde conocías a los clientes por su nombre.

Mi tienda de calle Toledo. Año 2001.

Alfonso era uno de estos. Tendría unos 30 años, alto, delgado, con gafas de pasta, barba de dos días y aire de bohemio. Era de Málaga, pero nadie lo diría, y pasaría perfectamente como un madrileño del barrio, si no fuera por ese poco de acento que conservaba. Era actor, y en ese momento no era del 1% que vivía de ello. Era del 99% que sobrevivía y con suerte llegaba a fin de mes a veces.

Todas las semanas pasaba por mi tienda a recargar su móvil. En esa época no existían los smartphones, y los teléfonos solo se usaban para llamadas y SMS, por lo que era muy común tenerlo de prepago. Sobre todo si tu economía solo te permitía recargarlo en función al dinero que tenias.

El móvil de Alfonso era un viejo NEC DB500. Tenía las teclas desgastadas y alguna no funcionaba bien, como el 3, por lo que era difícil marcar si te tocaba ese número. La tapa trasera de la batería estaba rota y pegada con cinta. Su aspecto era penoso.

Nec DB500

Cada vez que venía a la tienda, le recargábamos su móvil, con aquellos códigos ocultos en el rasca de una tarjeta de 2000 pesetas, y mientras tanto, Pablo, Raquel y yo, charlábamos con él. A veces se quedaba 10 o 15 minutos, contándonos sus penas. Nosotros le vacilábamos por su móvil arcaico, intentábamos convencerle que lo cambiara por la mejor oferta de ese mes. Nunca lo conseguíamos. Su precaria economía no lo permitía. Pero ya era un juego del gato y el ratón. Nosotros insistíamos y él dudaba a veces, y casi se convencía, pero resistía.

Un día vino a vernos. Entró a la tienda entre eufórico, asustado y sorprendido. Esta vez no quería recargar su móvil.

Nos miró y nos dijo: “ya no podréis convencerme para que cambie mi móvil”

A continuación nos contó que el día anterior por la noche, volvía feliz a su casa. Acababan de pagarle por adelantado unas 300000 pesetas en efectivo por un trabajo. Lo suficiente para vivir 3 meses sin problemas. Llevaba el dinero en un sobre en el bolsillo delantero de su pantalón, mientras que su billetero y su móvil los tenía en la carterita que colgaba de su cuello.

Sin darse cuenta, se le acercó un individuo que medía casi dos metros, o al menos fue lo que a él le pareció. Le amenazó con una navaja y le pidió todo el dinero. En esos segundos pasó por su cabeza los meses de penurias y el dinero tanto tiempo esperado que llevaba en el bolsillo, y tomo una decisión que estaba entre la  valentía o la inconsciencia. Le dijo que no tenía dinero.

A continuación le mostró su billetero, donde efectivamente solo tenía un mísero billete de 1000 pesetas. El individuo, al ver que el botín seria muy pobre, le espetó: “dame tu móvil”

Alfonso sacó de su carterita el famoso NEC DB500 en estado lamentable. El individuo lo cogió y lo miró unos segundos, dándole la vuelta, una y otra vez. Probablemente, el estado del teléfono era bastante peor que el del suyo, y sopesó el riesgo-beneficio de llevárselo. O Quizás le dio pena el estar atracando a alguien, que parecía estar peor que él.

Sea cual sea su motivación, meditó unos segundos más, y luego lo miro a los ojos, le devolvió el teléfono, y le dijo: “vete, que sigas bien” y se fue.

Cuando Alfonso nos contaba lo que había pasado, sentía por un lado una rara sensación, de que un ladrón sintiera pena de él, pero por otro lado, sabía que ese móvil seria un amigo inseparable.

Siguió viniendo a recargar muchas veces. Conservó ese teléfono mucho tiempo. Nosotros ya no insistimos en renovarlo. Tenía un valor sentimental insustituible.

Un día se despidió de nosotros. Volvía a su Málaga natal. No le vi nunca más, aunque me imagino que ese NEC DB500 seguirá guardado en un cajón de su casa.

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