Mi vecina Pepita

Cuando llegamos a Madrid, veníamos cargados de optimismo. Yo traía un montón de ilusiones, y una agenda llena de nombres y teléfonos de conocidos de conocidos, que me habían facilitado, y que me servirían como ayuda. Esa agenda fue papel mojado. Casi ninguno de los nombres de esa agenda me hizo caso. Pero a veces, los soportes están donde uno menos se los espera.

Los primeros meses en Madrid no fueron fáciles. A los pocos días de llegar, y luego de muchas dificultades, alquilamos un piso en la calle Maqueda del barrio de Aluche.

Nuestro tiempo se consumía principalmente en buscar trabajo. No teníamos ni familia ni amigos que estuvieran cerca, con lo que los fines de semana deambulábamos por las calles de Madrid, paseando y conociendo.

A los 3 meses, Gabriela consiguió un empleo y comenzó a trabajar.  Yo seguía buscando. Y en esas mañanas ociosas, conocí a mi vecina Pepita. El edificio donde vivíamos,  tenía dos pisos por planta. Nosotros vivíamos en el “B” y el “A” vivía un matrimonio, Pepita y José, con dos hijos adolescentes.

Por las mañanas José se iba a trabajar al centro de Madrid y sus hijos al instituto. Pepita se quedaba en su casa. Muchas de esas mañanas, le hacía compañía, mientras ella cocinaba y me contaba sus historias. Muchas veces me daba un tupper con una parte de lo que había cocinado, para yo me ahorrara el preparar mi comida. Con ella aprendí mucho de la gastronomía madrileña. Un  día probé su Cocido madrileño, muy parecido al puchero argentino. Otro día me dio una bandeja de croquetas caseras. Creo que no volví a probarlas tan buenas como esas. O será lo que siempre digo, que las primeras no se olvidan.

Fue muy gracioso cuando me dio una bandeja de boquerones en vinagre. Nunca los había probado. Ni siquiera sabía de su existencia. En un principio, me negaba a comerlos. Le decía que estaban crudos!!. Finalmente me armé de valor y los probé. Inmediatamente se incorporaron a mi dieta predilecta.

Pepita fumaba. Todos lo sabían, pero aun así lo hacía a escondidas. Quizás para evitar que sus hijos se quejaran del olor. En esas mañanas, y con la excusa de ir a comprarle el pan, me pedía en voz baja, aunque no había nadie en casa, que pasara por el estanco, y le comprara un paquete de cigarrillos Nobel.  Cuando yo volvía, ella hacia una pausa en la preparación de la comida del mediodía, y fumaba un cigarrillo, exhalando el humo hacia afuera de la casa, por la ventana de la cocina.

Siempre se preocupaba mucho por sus hijos y me contaba sus desventuras con ellos. Nada especial. Todas cosas normales de adolescentes, pero que a ella le preocupaban. Yo intentaba tranquilizarla, y muchas veces lo conseguía. A veces me pedía algún favor insólito, como cuando su hijo mayor, Juanjo sacó su carnet de conducir, e iba a usar el coche por primeras veces. Quería que yo vaya con él, de copiloto, porque le daba más seguridad.  

Y así fueron pasaron los días. Fueron unos meses en los que me adoptó como un hijo más. Una época de aprendizaje que hoy recuerdo con mucho cariño.

Luego de unos años, nos fuimos del barrio, pero yo volvía de vez en cuando a visitarla.

Han pasado más de 30 años de aquellos días. Y aunque casi no nos vemos,  guardo un recuerdo especial. Fue un apoyo muy importante para mí, en esos primeros tiempos de inmigrante.

Hoy cumple 81 años.  Hace mucho que no la veo, aunque hablamos por teléfono, pero  le prometí una visita cuando el coronavirus nos lo permita. Espero que sea pronto. Feliz Cumpleaños!!

21 comentarios en “Mi vecina Pepita”

  1. Tiempos de cambio y aprendizaje, intentando amoldarse a un presente cargado de futuro. Es bueno mirar atrás, de vez en cuando, y revisar el tiempo transcurrido, donde siempre hay huellas de personas entrañables.

    Un gusto leerte.

    Salud.

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  2. ¡Hola Guillermo!
    Ha sido muy grato conocer tu espacio y más aún leerte. Escribes, cuentas, relatas, recuerdas, de forma tan amena que atrapas. ¡Me ha gustado mucho! Ayer tarde leí muchas de tus entradas y continuaré pronto.
    Concuerdo en que muchos alguna vez tuvimos la acogida de alguna “Pepita” .
    ¡Un afectuoso abrazo desde Chile!

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  3. Una historia entrañable que te ha dejado una profunda huella de agradecimiento. A veces las ayudas aparecen donde no esperamos y suponen un estímulo en forma de empatía, en amabilidad, una sonrisa en el momento preciso, unas croquetas deliciosas o un cigarrillo a escondidas. Todo eso tiene un nombre, es sencillamente la vida y poder compartir con personas como Pepita es algo enorme, como es enorme que pasados treinta años nos compartas estos cariñosos recuerdos de tu llegada a los madriles. Gracias por hacerlo. Un abrazo

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  4. Hace un par de días soñé que estaba en Madrid. Este relato me volvió a despertar esa ilusión de viajar algún día a ese lugar por primera vez. Gracias por este relato tan ágil para leer y aprender. Igualmente aprovecho para agradecer empecemos a ser amigos. Saludos desde México.

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  5. Brillante! No hay mejor agradecimiento que tu relato sobre esa mujer; que como tantas otras hacen nuestra vida más plena por sus enseñanzas y caricias en el alma. Me atrevo a sumarme a ese brindis! Feliz cumpleaños, Doña Pepita! Un abrazo.

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