Gafas

Hace un par de años, comencé a notar que cada día alejaba más un bote de una mayonesa, si quería ver las calorías que llevaba. Dos factores de la edad, la presbicia y la preocupación por las grasas. Luego de mucho tiempo negando el incremento de años de antigüedad de mi persona, tuve que claudicar ante la evidencia, y pasar por la óptica para encargar unas gafas para leer.

Pero ya tenía un pasado detrás de los cristales.

Diferencia aproximada de ver con gafas o sin ellas, con miopía de muchas dioptrías

Un día, cuando tenía 9 años, me día cuenta que, en el colegio, me costaba ver la pizarra. Al llegar a casa, se lo comenté a mis padres. Aquello, como era lógico, derivó en una visita al oftalmólogo, quien diagnosticó miopía con algo de astigmatismo. A la semana siguiente, me llevaron a la óptica y a partir de entonces, comencé a usar gafas. Hoy veo que es habitual que a esa edad, un gran porcentaje de niños las usen, pero en mi época, yo era de los pocos de mi colegio que lo hacía. No quiero pensar que las nuevas generaciones tienen más deficiencias visuales, y supongo que ahora se realizan más controles y revisiones, lo que hace que haya más niños con gafas.

En un principio, era hasta divertido, pero al ir al colegio con ellas, me convertí en blanco de las pesadas bromas habituales. Pronto  pasé a ser cuatro ojos, anteojito, etc. Allí, los complejos afloraron. Ya no quería usarlas. Muchas veces se me caían mientras jugaba o me peleaba con alguien, o pasaba algo que generaba la rotura de algún cristal. Sabía que al llegar a casa, por muchas explicaciones que diera, tendría una reprimenda importante, y quizás algún castigo.

 A medida que fui creciendo, mis dioptrías fueron aumentando. Cada vez veía menos, y prácticamente era imposible hacer nada sin ellas puestas.

Por suerte, a los 16 años, convencí a mis padres, que sería mejor usar lentillas.   Qué gran avance!! Las usaba prácticamente todo el día, en contra de las recomendaciones del oculista, y esto hacía que mis ojos terminaran muy perjudicados, pero no me importaba mucho. Siendo adolescente odiaba las gafas. Además ahora podía jugar al futbol o ir a la playa con ellas. Y ver!!!. Ir a la playa sin lentillas y con más de siete dioptrías es muy difícil. Con esa cantidad, no se aprecia un rostro a más de cincuenta centímetros. Recuerdo que al ir a darme un baño al mar, tomaba como referencia los colores de alguna sombrilla cercana a la mía, y que fuera diferente, como para ser identificada. Así, al salir del mar, orientarme por la mancha de color que veía de esa sombrilla, para llegar al lugar donde estaba mi toalla. Y poco a poco caminar para reconocer el sitio cuando estaba prácticamente encima. Solo era un problema si el usuario de esa sombrilla, decidía marcharse en ese rato que duraba mi baño.

Los años pasaron y las gafas formaban parte de mi vida cotidiana. A finales de los 90, comencé a escuchar las noticias que pregonaban las ventajas de las operaciones.

Al principio me daba pánico la operación, pero las ganas de ver mejor fueron más fuertes. Y pese al miedo, decidí operarme. Hice un casting de oftalmólogos entre todos los que me recomendaron. Quería al que más garantías me ofreciera. Finalmente me decidí por uno, y me opere un día de abril de 2001.

Llegué a la sala de espera muy nervioso. Y parece que es lo normal, porque lo primero que me dieron fue un tranquilizante. A continuación, me prepararon para la operación en una camilla, inmovilizando mi cabeza. La operación dura menos de 5 minutos, y solo oía el ruido de la maquina, mientras veía una luz roja. En una hora estaba camino de casa con los ojos vendados. Al día siguiente me quitaron las vendas y ya veía muy bien. Me había quedado la graduación como la cerveza sin alcohol. Cero, cero.

Fue la mejor decisión de mi vida. Cuando estaba totalmente recuperado, a los pocos días, comencé a disfrutar de la sensación de abrir los ojos por la mañana, y ver el mundo con claridad, olvidando el gesto de manotear las gafas, al despertarme cada mañana, y que siempre habían estado presentes en la mesilla de noche. Creo que en esos días vi colores y texturas que nunca había visto en mi vida. Fue una sensación increíble.

Pero como comentaba, los años pasan y ahora toca usar nuevamente gafas, aunque solo sea para leer. La presbicia avanza inexorablemente. Pero ahora las uso sin complejos. Ventajas de hacerse viejo.

21 comentarios en “Gafas”

  1. Las lentes o gafas son todo un tema. Cuando llego la presbiscia a mi vida pase por el mismo proceso de negarme a aceptarla. Después llegó la resignación y más adelante la búsqueda de soluciones. No sin antes enojarme con la vida. El secreto de tus historias está una vez más en la remisión del lector a su propia historia. Felicitaciones!!

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  2. Para mí el Lasik fué como un milagro, ahí sentí lo que sintió el ciego bíblico cuando le devolvieron la vista (también tenía un coctel de miopía y astigmatismo), jajaja. Es verdad, la edad va jodiendo todo y ahora toca usar los de ver de cerca, eso junto a un montón de dolorcitos inexplicables que van haciendo el día un poco más interesante. Me recordaste viejos tiempos, muy buen relato. Saludos!

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  3. Me encanta el final “ventajas de hacerse viejo” esa es la actitud jajaja. Yo tengo miopía y uso gafas de lejos, sobre todo al conducir o al ir al cine, sin embargo de cerca, leer o trabajar en el ordenador puedo hacerlo sin gafas. Piensa que hay algunos pijos y pijas que llevan gafas por modas, con cristales que no están graduados, lo leí este verano pasado y me pareció surrealista. Y ya vez tu y yo a la moda y sin saberlo jajaja. Un abrazo.

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  4. Lo del casting de oftalmólogos y lo del símil con la cerveza cero,cero me ha matau!! Qué bueno!!
    Ais, hola, que no he saludado.
    Eso de alejar el pote de la mayonesa, aún con gafas desde hace ya porrón de años, también lo hago yo. Y es que las olvido en casa cuando salgo a hacer la compra. Es lo que tiene utilizarlas solo para cerca, que una no tiene la costumbre de llevarlas encima.
    Un saludo cordial de una presbiciana cualquiera.

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