Karaoke

No recuerdo en que momento se pusieron de moda los Karaokes. Hubo una época en que era un complemento ideal para una noche con amigos, cenas de fin de año de empresa o alguna reunión sin clasificar.  Los que recuerdo de esos tiempos, eran bares que tenían un escenario y uno se apuntaba a una lista para cantar una canción. Cuando escuchabas tu nombre por los altavoces, te subías al escenario, solo o con tus amigos, e intentabas afinar y seguir la letra de la canción. He pasado buenos ratos, pero no son sitios a los que haya ido con asiduidad.

Hace unos años, cuando estábamos de vacaciones en China, nos hicimos amigos de Adán, nuestro guía chino (en China es costumbre que cuando alguien estudia un idioma, elige un nombre occidental en ese idioma, para facilitar la comunicación al hablar en esa lengua. El nuestro eligió Adán, pero tenía otro nombre impronunciable).

A lo largo de nuestro viaje, nos había contado la afición que existía en China por los karaokes y las particularidades que tenían. Un día, estábamos en Shanghái, y teníamos la tarde libre. Llovía. Un grupo de nosotros le propusimos pasar la tormenta en un karaoke. Adán accedió a llevarnos a uno.

Éramos tres familias, que sumábamos diez, y llegamos a una torre de 30 pisos, en el centro de la ciudad. El karaoke funcionaba en las plantas 12 a 15 (si, 4 plantas enteras) y había unas 200 cabinas numeradas, independientes e insonorizadas. Las cabinas no tenían ventanas y se podía ver el interior, desde el pequeño cristal de la puerta. Las había de varios tamaños, desde pequeñas para 3 o 4 personas hasta algunas para 30. Eran las 4 de la tarde de un día de semana, y aun así, estaban más de la mitad ocupadas.

Al llegar, nuestro amigo nos enseñó su funcionamiento. Con él, reservamos una cabina de hasta 12 personas por 3 horas. A continuación, pasamos por una especie de  bufet autoservicio con un carrito de supermercado, y compramos cervezas, Coca-Colas, patatas fritas, pistachos, unas bandejas de fruta variada, cortada y pelada, y varias cosas más para comer.

Íbamos caminando por ese laberinto con cabinas buscando el número de la nuestra. Mientras caminábamos, iba espiando, mirando un poco por las pequeñas ventanitas de las puertas. Había  gente de lo más variopinta. Veía a parejas, a familias enteras con abuelos y nietos, a grupos que parecían compañeros de trabajo, etc. Todos cantando como si no hubiera un mañana.

Encontramos la nuestra. Entramos con nuestro carrito. La sala tenía un banco corrido contra las paredes, en forma de U, con una mesa baja en el medio. Luz tenue. Una pantalla de 60 pulgadas y un equipo de música con ordenador en chino. Por suerte íbamos con nuestro amigo. Vaciamos el carrito, acomodando las bebidas y comida en la mesa.

En la sala había disfraces, pelucas, maracas, panderetas y demás implementos de attrezzo, que harían la experiencia más interesante. Teníamos botones para introducir efectos especiales (aplausos, abucheos, etc.)

Nuestro amigo nos puso canciones conocidas en español y todos cantamos intentando afinar. Yo me puse una peluca y me apropie de las maracas. Luego él cantó una canción en chino, y parecía un profesional. Nos demostró que ellos se lo toman muy en serio. Fueron 3 horas brutales.

Aquí, en Madrid hay un polígono industrial, en el que solo hay empresas chinas, y donde yo compraba muchos accesorios de telefonía para mi empresa. A una proveedora mía, china, con la que tengo mucha confianza, le conté mi experiencia. No se sorprendió, porque para ellos es parte de su cultura. Me dijo que, a 500 metros de allí, había un karaoke de ese estilo, usado por la comunidad china mayoritariamente.

Creo que al acabar la pandemia, llamaré a algunos amigos y me iré a celebrarlo allí, aunque en estas aventuras, la primera vez suele ser irrepetible.

16 comentarios en “Karaoke”

  1. Yo en el tiempo que estuve en Uzbekistán trabajando el entretenimiento nocturno era ir a cenar y cantar en el karaoke. Dios me ha dado muchas virtudes, pero la de cantar no es la mía. Aún así, ir a uno de estos sitios es toda una experiencia. Si pasáis por Helsinki, ir al karaoke es una experiencia antropológica que no tiene desperdicio. Los finlandeses en los karaoke se transforman. Eso sí, previa ingesta de la cantidad de alcohol correspondiente.
    Una entrada chula.
    Un abrazo.
    Horacio

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  2. Yo he pasado alguna vez por el karaoke, aunque desde luego nada que ver con el que describes. Vergüenza nunca he tenido, y tengo una voz contundente, pero el oído, ayyy lo que se dice oído no tengo mucho, vamos que debo reconocer que cantar no es lo mío, soy un desafinador nato, pero si que recuerdo, muchas risas y buenos momentos. Un abrazo.

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  3. Yo creía que la gracia del karaoke estaba en cantar (bien o fatal) de cara al público… Pero observo que en ese de Shangai solo los acompañantes del cantor disfrutaban (o se desternillaban de la risa). Qué curioso…
    (Cambiando de tercio, como leí en la bitácora de Sabius que habías tenido un problema de salud, espero que te hayas recuperado).
    Saludos cordiales.

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  4. Nunca he cantado en un karaoke 🎤, imagino que por pudor, o por piedad. Creo yo que no afino demasiado…
    Este tipo de karaoke que describes, sale mucho en las pelis y series orientales (a las que me confieso adicta) y llama mucho la atención la pasión que le ponen al tema. Si montas el negocio y paso por tu pueblo, me apunto a una ronda. Pero ya aviso que si no hay para escoger alguna de los payasos Aragón, no canto. Esas son como mucho, las únicas a las que llego a dar la nota 🤣🤣🤣🤣
    Saludos cordiales

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