Mi tía Rosa

Hay decisiones que se toman en un segundo y te marcan para siempre. Un día de 1989, luego de una larga tarde en casa con Gabi, acompañados de mate y facturas, decidimos emigrar a Madrid. Era una idea que venía barruntando en mi cabeza un tiempo. Pero ese día un clic hizo que no hubiera marcha atrás. Yo tenía 24 años, y pese a la mala situación política y económica, no me podía quejar. Pero sentía que era el momento, y tocaba mirar hacia adelante.

Mate con facturas

Mi padre fue el primero en estar en desacuerdo. Quizás porque le recordaba que sus padres, o sea mis abuelos, también fueron emigrantes y sufrieron con la experiencia. Quizás por querer tenerme cerca. Por lo que sea, no tuve su apoyo. Pero no fue el único. Realmente no recuerdo a alguna persona cercana, que aprobara y apoyara nuestra decisión.

La última semana antes de viajar, fue la de las despedidas. Entre ellas, la de de mi tía Rosa, hermana mayor de mi madre, que vino a mi casa a despedirse un día antes de mi viaje a España. Lloró copiosamente durante el rato que duró su visita, mientras tomaba el café y buscaba la forma de convencerme para que desistiera de mi idea. Supongo que le recordaba su propia experiencia. Al fin y al cabo, había llegado a Buenos Aires de su Italia natal con solo 10 años. Y hoy con los años, pienso que no le habría sido fácil.

Cuando se iba, en la puerta de mi casa, se acercó a darme el último beso, y entonces me dijo: “no se para que lloro, si en seis meses estarás de vuelta”. Esta frase lapidaria me acompaño mucho tiempo.

Año 1937. Mi madre con 3 años y mi tía Rosa con 15.

No fue fácil emigrar. Cuando llegué a Madrid era la primera vez de muchas cosas. Nunca había salido de Argentina, ni siquiera había volado en avión….

Al principio todo era fascinación. Todo era nuevo, los coches, los supermercados, la forma de hablar de la gente, el Metro, la ciudad….

Luego de unos días empiezan las dificultades.

Primero tocaba buscar donde vivir. Nadie alquila a un extranjero sin trabajo. Nos recorrimos toda la ciudad buscando un piso. Nos reíamos mucho, porque decíamos que parecíamos topos. No conocíamos Madrid, pero en esa búsqueda, íbamos en Metro a ver pisos. Conocíamos el Madrid subterráneo y solo asomábamos en la estación de la visita.

 Luego de muchos noes, Finalmente conseguimos uno.

Tocaba aprender todo, hasta el idioma, que es el mismo pero no es el mismo.

Luego buscar trabajo. Todas las ideas, los planes, los contactos, todo lo que yo suponía que me iba a ayudar, no sirvieron para nada.

Viajamos con otra pareja con la compartíamos piso y que no lo soportó, y regresaron a Argentina a los dos meses. Se nos duplicaron los gastos de golpe. No importa. Seguíamos.

A los 4 meses Gabriela consigue trabajo y yo también, pero en mi caso ilegal.

De repente, los dos trabajábamos de 8 a 20 hs y apenas nos alcanzaba.

En esta época, había momentos de depresión,  que hacían plantearme el volver a Argentina. Nada parecía que saliera bien. Pero mi tía me lo impidió.

Cada vez que me derrumbaba, me acordaba de mi tía Rosa y eso me daba la fuerza necesaria para seguir, porque no quería que su frase, que me martilleaba en la cabeza cada día, fuera una sentencia acertada.

Poco a poco las cosas empezaron a funcionar.  Y pasado un par de años todo fue bien. Los primeros malos momentos pasaron y supe que, de una extraña manera, mi tía me ayudó sin saberlo.

Años más tarde, en viajes de visita a Buenos Aires, me reía mucho porque algunas personas con las que te encontrabas, te contaban su visión de una emigración como la panacea, y los que emigramos como afortunados y con suerte. No sabían que esos primeros años son mucho más difíciles de lo esperado, trabajando siempre mucho más y con la dificultad de la soledad y el desarraigo. Muchos se imaginan que les espera una alfombra roja al llegar. Yo nunca la vi.

23 comentarios en “Mi tía Rosa”

  1. Emigrar es difícil y no todos lo logran. Yo creo que lo importante es no rendirse. Antes de hacerlo, a mí me preocupaba tener que regresar derrotada, pero, dadas las condiciones actuales de mi país, esa posibilidad no existe; resuelta la primera duda. Esta triste realidad, en mi caso, es como las palabras de tu tía, que te ayudaron sin saberlo a porfiar y resistir hasta lograrlo. Gracias por compartir tu experiencia.

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    1. Una decisión muy valiente la vuestra . Imagino que una cosa es la idea ‘romántica ‘ de la emigración al ‘supuestamente país hermano’ y otra la realidad, la de las puertas cerradas y los recelos para con los extraños…Afortunadamente los oráculos fueron favorables, enhorabuena!!!

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  2. Los inicios siempre son duros, pero supiste seguir adelante. Fuiste fuerte y resolutivo. He aprovechado para entrar en los enlaces que has dejado a otras entradas, la del viaje y la del visado. Magnífica la idea de compartirlas. Han pasado muchos años, pero seguro que hay situaciones que podrían tener semejanzas ahora. Un abrazo y gracias por compartir.

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  3. Esas frases sentenciosas, pueden ser una bendición (como en tu caso) o una maldición en los que se las creen. En tu caso, por como platicas en el relato, creo que funcionó como un reto. Enhorabuena que todo al final salió bien. Yo conozco unos hermanos argentinos viviendo en México, en la playa, primero llegaron y recorrieron el país en moto, luego se establecieron, pusieron un negocio. Luego uno de ellos dudó y regresó a su país pero al poco rato había regresado, los dos se quedaron, trajeron a su mamá. Hay historias así. Se adaptaron. Claro que nunca dejaron de extrañar porque llevan a su patria en el corazón. Saludos.

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  4. Muy linda historia y que se debe haber repetido en muchos casos . Es fantástico percibir el poder de las palabras. No son inocuas y crean realidades como en tu caso. Es bueno que existan las tías Rosas. Muchas veces sacan lo mejor de nosotros y producen un espíritu de empuje que el elogio no puede conseguir. Felicitaciones. Breve,linda y real historia

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