Premonición

En aquel viaje, en el que vi la nieve por primera vez, descubrí cuanto me gustaba viajar y conocer nuevos sitios y culturas. Cuando comencé a vivir en Madrid, pisar la historia estaba al alcance de mi mano, y luego de recorrer muchos lugares de España durante tres años, para el verano de 1992 queríamos ir más lejos.

Planificamos un largo recorrido que abarcaría Francia, Bélgica, Países Bajos y Alemania. Fueron unas vacaciones de tres semanas de camping, y con nuestro modesto Ford Fiesta. Queríamos conocer mucho en poco tiempo, y con la mínima cantidad de dinero posible. Nuestro presupuesto era limitado. Además llevábamos a nuestra perra Popi, compañera de todas nuestras aventuras.

En ese viaje tuvimos muchas anécdotas, pero recuerdo especialmente un día. Era el 10 de agosto de 1992 y estábamos en un camping, en Bélgica. Ese mañana me desperté sobresaltado. Había soñado que nos robaban el coche con nuestra perra Popi dentro y que, al rato, Popi volvía corriendo despeluchada, con todo el pelo quemado.

Luego de cinco minutos, tomé conciencia de la realidad y comprobé que Popi dormía a los pies del saco de dormir. A continuación salí de la tienda, e instintivamente miré a la derecha, el coche seguía aparcado allí.

Comenzamos a preparar el desayuno mientras acariciaba a nuestra perra. Seguía conservando su pelo negro, y no había rastros de quemaduras. Pensé: “tranquilo, ha sido un sueño”.

A continuación, recogimos todo, porque ese día teníamos planeado continuar nuestro viaje en dirección a Ámsterdam. Un rato más tarde, salimos con todo el coche cargado.

Sobre la marcha, decidimos hacer una parada en la ciudad de Amberes para conocerla. Llovía un poco, así que solo sería una media hora, para gastar los últimos francos belgas que nos quedaban. En esa época, pasar de país en país implicaba cambiar de moneda en cada uno. Nos faltaban 9 años para conocer el Euro.

En Amberes era imposible aparcar, y después de mil vueltas, vimos 2 sitios libres. En uno, acababa de aparcar un belga, así que aparcamos en el otro. Al bajar del coche, vi una señal que autorizaba a aparcar solo a discapacitados en esas dos plazas. Miré en parabrisas del coche del belga y comprobé que no tenía ningún distintivo de discapacitado. Así que pensamos, si el belga lo dejaba, nosotros también. Como dice el refrán: Donde fueres, haz lo que vieres. Nuestra perra se quedó durmiendo en el coche.

Amberes. Bélgica

Luego de gastar los francos que nos quedaban en un par de helados y algún recuerdo, volvimos al coche con intención de continuar nuestro viaje.

Nuestro coche no estaba. El del señor belga que aparcó a la vez que nosotros seguía allí.

Inmediatamente vino a mi cabeza el sueño de la noche anterior y un frio corrió por mi espalda.

Nos acercamos a la oficina de turismo que estaba al lado a preguntar y pedir ayuda. Amablemente, llamaron a la policía. Primer susto superado. No nos habían robado. Se lo había llevado la grúa.

Nos informaron donde estaba la comisaria y fuimos caminando, previo paso por una casa de cambio, para volver a comprar francos belgas para pagar la multa.

Al llegar, nos hacen esperar. Yo estaba cabreado, porque la grúa solo se había llevado nuestro coche y dejado al del belga. Lo comento con Gabriela, y en voz alta suelto algún que otro improperio, dirigido a esos policías belgas, pero sin temor a que me entendieran porque lo hacía en español.

Al rato, uno de esos policías se acercó y nos dijo: “buenos días amigos españoles” en un perfecto español. Mi cara se transformó. Con lo que había dicho, y viendo que lo había entendido, me veía en la probando el sistema penitenciario belga.

Por suerte no lo tuvo en cuenta, y nos dio una lección de urbanismo acerca de lo mal que habíamos actuado. Con muy poca convicción, intenté convencerle de que no había visto el cartel al aparcar. Luego, asumí nuestra culpa y acepté la penitencia, o sea pasar por caja.

A continuación nos dio la factura de la grúa con la dirección para recoger el coche.

Nos pidió un taxi para que nos lleve. Al subir, le mostramos la dirección, pero nos hizo un gesto como que ya sabía dónde ir. Estaba claro que era el taxista de los turistas pringados, a los que les llevaba el coche la grúa.

El coche estaba en un recinto, fuera de la ciudad, en medio de la nada. Al llegar pagamos, y nos encontramos con un depósito de coches viejos, y una maquina de esas que tienen un gancho que levanta el coche, y lo mete en una prensa, obteniendo un hermoso cubo de chapa. Y nuestro coche, solo, al lado de la maquina con la perra mirándonos por la ventanilla con cara de: 5 minutos más y me espachurran…

Ante la inexistencia de navegadores, salimos de allí, y buscamos carteles en las carreteras, que nos orientaran. No sabíamos ni donde estábamos. Finalmente pasamos la frontera, y comenzamos a buscar donde dormir. Luego de intentarlo en varias ciudades, llegamos a Utrecht casi de noche. No había ningún alojamiento disponible. En el camping tampoco había sitio, pero luego de varios ruegos con cara de pena, nos hicieron un hueco al lado de la piscina, para montar la tienda con la poca luz que quedaba. Seguía lloviendo. Esa noche me fui a dormir preocupado, rogando no tener otro mal sueño premonitorio. Por suerte no lo tuve. Popi vivió muchos años más.

15 comentarios en “Premonición”

  1. Vaya historia premonitoria. Pero aquí lo que importaba era Popi, menos mal que no hacia calor y no le pasó nada. Por suerte todo acabó bien, salvo la multa, pero a veces se paga a gusto con tal de que la pesadilla termine. Un abrazo.

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