Trenes

Cuando tenía 9 o 10 años, me encantaba la maqueta de trenes que tenía mi amigo Fernando. Cuando iba a su casa, admiraba esa maqueta, que ocupaba la mitad de su habitación,  y tenía todo lujo de detalles. Tenía varios cambios de vías, un túnel, una estación de pasajeros y otra de carga, y una ciudad en miniatura. Nos pasábamos las tardes jugando con esos trenes eléctricos, cambiando las vías y cambiando los recorridos.

Tren electrico y maqueta de mi amigo Fernando

Unos años más tarde,  comencé a estudiar en la universidad, y era necesario viajar al centro de Buenos Aires. Tenía que ir en tren, en esos vagones eléctricos de la línea Sarmiento, mitad rojos y mitad amarillos. Salía de la estación de Ramos Mejía, a la que llegaba caminando en 10 minutos y de allí hacia la estación Once. Esos viajes fueron puntos de encuentro con amigos, con los que compartía unos 45 minutos de viaje, o más, según el retraso habitual.  Un tiempo siempre amenizado por los innumerables vendedores ambulantes, que pasaban por los vagones, pregonando a viva voz, la oferta del día, que podían ser chocolates, o linternas.  Hace pocos años, en una de mis visitas a Buenos Aires, hice un recorrido en tren y pude comprobar que aun hay más vendedores de esos en los trenes, producto quizás de la endémica crisis económica reinante.

Recuerdo mi inconsciencia de 18 años, cuando en los días de verano, me ponía, como tantos, al lado de las puertas automáticas, y las retenía abiertas, para que el aire me refrescara. El aire acondicionado no existía.

Para los viajes largos, los trenes siempre me parecieron transportes maravillosos. Tienen la ventaja del paisaje y la movilidad que te permite caminar si te aburres de estar sentado.

Mis primeros viajes largos en tren fueron en vacaciones, a la playa de Miramar. Cinco horas en un viejo tren de locomotora diesel, que era bastante ruidoso, con el traqueteo típico de las vías. Pero a mí me parecía perfecto.

En una de esas vacaciones, para el verano de enero de 1985, yo había organizado ir al famoso apartamento de Miramar con amigos. También vendría Gabriela. Eso pensábamos, pero luego de una fuerte discusión en su casa, quedó claro que no podría venir.

Finalmente, fuimos unos cuantos amigos como otros años. Yo la llamaba por teléfono, todas las veces que podía, aprovechando mis trucos para hablar gratis, como ya he contado en otra historia. Pero a mediados de mes ya no me bastaba y quería verla. Así que diseñé un plan.

Primero hablé con mis amigos y les conté mi idea. Ellos se quedarían dos noches solos en mi apartamento, con la promesa de no contarlo y que cuando yo volviera, todo estuviera en orden.

A continuación, fui a la estación de tren y averigüé horarios. Los trenes nocturnos salían de Mar del Plata, por lo que tenía que considerar el autobús hasta allí, que eran 50 km. Finalmente compré los billetes. Llamé a Gabriela desde la estación y solo le dije que me esperara a la hora determinada.

Llegué a las seis de la mañana, y al bajar, allí estaba ella esperándome. Pasamos todo el día juntos, y me subí al tren de regreso a las doce de la noche. Dos noches seguidas durmiendo en el tren. A esa edad el cuerpo aguanta todo. Nadie lo supo. Ni sus padres, ni tampoco el mío, que no le hubiera gustado que haya dejado a una tropa sola dos noches en el apartamento. Aun conservo ese billete de tren…

Recuerdo de ese viaje del 85

Ahora para ir al centro de Madrid, los trenes  de cercanías, son un lujo en comparación con aquellos, y para los viajes largos disponemos del AVE que es fantástico. Pero esos viajes en tren de hace 40 años tenían un sabor especial. Quizás por eso, siempre que puedo, me apunto a viajar en esos trenes históricos que hacen recorridos turísticos.

18 comentarios en “Trenes”

  1. Me asombra y me encanta que conserves como recuerdo los billetes de tres de h de tace tantos años, así como de la maqueta de trenes de tu amigo. Son preciosas tus remembranzas del país natal y disfruto mucho leyéndolas, me vuelven a llevar allá, a mi Villa Ballester donde viví tantos años… Un saludo, Guillermo.

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  2. Qué historia!!! me encantó el “recorrido” desde las pistas y trenes de juguete hasta los de alta velocidad. Y la movida para encontrarse con Gabriela, memorable!!! Cuánto AMOR, cuánta JUVENTUD, cuánta ESTRATEGIA! Gracias Guille! Besos

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  3. Yo también tenía un vecino con una maqueta similar, y también me alucinaba verla ocupando casi media habitación.
    También durante muchos años me desplazaba en tren para ir a trabajar. Cada día ida y vuelta, la gente subiendo y bajando en estaciones distintas. Es tan chulo viajar en tren, pasan tantas vidas en un tren… da tanto tiempo a todo en un tren, leer, mirar por la ventanilla como pasan arboledas, atraviesas montañas, apareces en medio de poblaciones y las dejas atrás en un suspiro. Observar a las demás personas que, como tú comparten ese pequeño placer del traqueteo del tren.
    Siempre lo he considerado un medio de transporte muy romántico. No sé porqué, rarezas de una 😂
    Beso globo🎈

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  4. En mi caso la maqueta la tenía mi primo y era una pasada, como la de tu amigo. Yo siempre le he tenido un cariño especial a los trenes, como medio de transporte, pero también como lugar de posibles aventuras pues destila cierto romanticismo. Un abrazo.

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