Memoria

Tengo la suerte de tener buena memoria. Recuerdo muchos acontecimientos que pasaron a lo largo de mi vida,  con muchos detalles. Recuerdo los nombres de muchas personas con las que compartí esos acontecimientos. Recuerdo también inutilidades, como las matriculas de los coches de los vecinos de mi barrio. Y podría enumerar todas las de los coches que tuve. Recuerdo números de teléfonos de mis amigos de adolescencia. Y hasta las calles y números de donde vivían. Mi colección de sellos postales supera los diez mil sellos, pero cuando veo uno nuevo, sé si lo tengo o no.

Gabriela se ríe muchas veces conmigo, y me dice que ocupo bytes de memoria inútilmente. Muchas veces, cuando recuerdo algo del pasado, que nadie recuerda, me dice que es imposible demostrar su veracidad, precisamente porque  nadie lo puede corroborar. Pero en el fondo, sabe que es verdad, y que muchas veces di pruebas de ello.

Tener buena memoria tiene su parte buena y su parte mala. O dicho de otra manera, no solo recuerdo cosas intrascendentes, momentos agradables, sino que también lo acompañan recuerdos de esos que preferiría olvidar.

No obstante, mi cerebro tiene una tara. No soy fisonomista. No recuerdo las caras de las personas. Me refiero a esas personas que, en algún momento he conocido y luego la vuelvo a ver al cabo de un tiempo. Me pasa muy frecuentemente que me encuentro con alguien, y me saluda y se sabe mi nombre. Es evidente que me conoce. Pero en ese momento,  para mí es un desconocido. En los cinco segundos de intercambio de saludos, en mi cerebro se organiza una búsqueda del tesoro. Intento encontrar en algún recoveco, algún dato que me aporte pistas sobre el que tengo delante de mis ojos. Por cortesía, le saludo con la misma efusividad recibida. Y empiezo a desplegar una habilidad desarrollada a lo largo de los años, por necesidad, que consiste en mantener una charla neutra, con la esperanza de encontrar un hilo que me lleve a localizar quien es y de donde le conozco. A veces lo consigo, y luego de unos minutos, puedo continuar con la conversación más en profundidad, con detalles que encontré en alguna neurona y que me posibilitó su localización.

Otras veces, me despido luego de un rato, y me voy pensando quien seria y si se habrá dado cuenta que yo no tenía ni puñetera idea de con quien estaba hablando.

Y en las ocasiones más vergonzosas, mi interlocutor detecta mi situación, y suelta algo así como: “ no te acuerdas de mí?”, dejándome en evidencia.

Podria decir en mi defensa que, a veces la persona está fuera del contexto esperado. Por ejemplo, encontrar al pintor en una cafetería, sin su ropa de trabajo. Pero no, no es excusa. Me pasa muchas mas veces de las disculpables.

Cuando tenía mi empresa de telefonía, sucedia  esto con frecuencia, con personas relacionadas a la actividad (Clientes, proveedores, etc.). Pero por suerte, en este entorno tenia a Raúl, que trabajaba conmigo, y que en estas ocasiones, miraba mi cara y sabía perfectamente que yo estaba totalmente perdido, sin tener ni idea de quién era el que tenía enfrente. Entonces aprovechaba el momento adecuado, y  se acercaba sigilosamente a mi oído, y me decía algo así como: “es Pedro, el de los accesorios”. Un dato simple, pero fundamental para mí. Luego, cuando se marchaba el tal Pedro, se reía de la situación, comentando mi cara de despiste del momento. Aun hoy se ríe, al recordarlo.

Últimamente la pandemia y el uso de las mascarillas, me han ayudado mucho. Siempre está la excusa de no reconocer a alguien por llevarla puesta.  Aun así, espero que en breve volvamos a la normalidad de caras descubiertas, para volver a sufrir mi imposibilidad de reconocer personas.

Apreciado lector, si nos hemos visto alguna vez y me cruzo contigo y no te saludo, espero que sepas disculparme.

27 comentarios en “Memoria”

  1. Ja Ja Ja!!! Con mi marido teníamos un código secreto. Cuando íbamos caminando y se acercaba alguien conocido, me tocaba la mano con mayor o menor intensidad, dependiendo de cuánto le conociéramos. Así, al acercarse o si se paraba a conversar, yo muy atenta desplegaba mi simpatía y continuaba la conversación que se armaba. Secreto de confesión!! No se lo cuentes a nadie!!

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  2. Cuando estés en esa situación, le preguntas al desconocido,— pero…¿como te llamas?. El, cariacontecido, te responderá el nombre o el apellido…Y tú, dándolo por supuesto, le señalas con énfasis — sí, hombre si, eso ya lo sabia, era el —(lo que no te ha dicho) — lo que no recordaba bien…
    Parecerá que te acuerdas de él (un pequeño lapsus de memoria por un nombre o apellido lo tiene cualquiera) y lo más importante, le evitaras el dolor de sentirse olvidado…Un saludo!

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  3. ¡Qué gran suerte tienes pese a las dificultades para recordar rostros!
    Mi disco duro es una castaña, siempre tuve una memoria nefasta para todo. Si no fuera por todos esos cuadernos donde apunto mil cosas… Eso sí, cuando no conozco a alguien, soy de las que directamente pregunta, soy incapaz de marcharme sin saber con quién hablé. No podría soportar toda una tarde dando vueltas a la cabeza intentando recordar quién sería esa persona.
    ¡Aunque al día siguiente seguramente ya habría olvidado el episodio! 😅😂

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  4. Jaja, al menos tienes la suerte de tener memoria para algo, yo, a veces, no me acuerdo ni de lo que comí ayer. En cuanto a las caras me suenan todas, pero soy incapaz de ubicarlas y lo paso fatal. Como bien dices, ¡suerte de las mascarillas! No hay mal que por bien no venga. Un abrazo.

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  5. Pues yo tampoco soy la excepción a los comentarios. Soy bueno con los nombres, podría recitarte la lista del colegio, pero las caras ya son otra cosa. Lo peor como apuntas en el texto, es cuando ves a alguien y eres incapaz de saber quién es o al menos en que entorno se ha movido como pista básica. Por eso uso la misma técnica que ha descrito Garceslogia, me ha hecho gracia la coincidencia. Ah y otra curiosidad yo también me sé las matriculas de mis coches y de los que tuvo mi padre jajaja. Un abrazo Guillermo.

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  6. No soy muy amante de las teorías conspirativas, pero leyéndote, estoy comenzando a pensar que somos víctimas de algún experimento genético realizado en la zona oeste del conurbano bonaerense. Tengo la misma absurda capacidad de almacenar datos intrascendente y virtualmente incomprobables por mis interlocutores. Recuerdo casi todos los números telefónicos de mis compañeros de secundario y la chapa patente del Polo gris AGD387 que me encerró en la curva de Haedo y que sigo buscando por la calle para rajarle una buena puteada. En mi caso la carencia aparece a la hora de hacer coincidir Nombre con Rostro. Necesito muchos años de contacto constante y permanente para aprenderme un nombre propio.

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