Aviones

Cuando yo tenía nueve años, mi tía Rosa realizó un viaje a Europa. En esos años, viajar en avión era muy glamuroso. Y si era en un vuelo transoceánico, aun más. A su regreso, yo escuchaba las conversaciones de mayores, que tenía con mi madre y mis tías. Y de todo lo que contaba, me quedé con el viaje en avión. Todos los detalles, desde el propio avión, las azafatas, el menú de cena y desayuno, las revistas y periódicos. Todo me parecía de otro mundo.

Los viajes en avión, con el paso de los años, fueron perdiendo ese halo de exclusividad y glamur, y hoy se parece mucho más a un tren de cercanías en hora punta.

Si uno no tiene la suerte de tener el dinero suficiente para viajar en business class, los vuelos transoceánicos son una pesadilla.

El viaje comienza cuando debo salir de casa con la idea de llegar al aeropuerto con tres horas de antelación. En estos momentos de pandemia, el viaje empieza incluso antes, si nos toca un prueba PCR previa.

Al llegar al aeropuerto, busco mi mostrador y me pongo en mi correspondiente fila, esperando mi turno. Siempre que hago un viaje de los largos, llevo muchas cosas, por lo que la maleta bordea peligrosamente el máximo de los 23 kilos estipulados. La ultima vez fueron 24 kilos, y tuve que soportar la reprimenda de la asistenta/azafata (si, luego en el avión era la misma que ejercía de azafata, ahorro de personal) que me perdonó la vida y que “por esta vez no me cobraba el kilo de mas, pero la próxima me cobraría el exceso de equipaje”. Puse cara de cordero, y le di las gracias. Y me quedé pensando eso de “la próxima vez”. Llevará la aerolínea un registro de los casos como el mío, para esperarme la próxima vez que me pase y cobrarme? En ese caso me dirían “te hemos avisado la última vez”.

A continuación, me toca pasar el control de seguridad. Por mucho que me quite cinturón, zapatos y todo lo que considero metálico, siempre pita el arco de seguridad, y un funcionario con guantes me espera, para sobarme de arriba abajo. Luego recojo mis cosas, y me visto de pie, haciendo equilibrio en mi pierna sana para no caerme. Por suerte recordé traer los calcetines nuevos, que he visto alguno que los llevaba con agujeros, y queda muy feo.

Luego del control de pasaporte, la nueva moda de los aeropuertos, es que obligatoriamente tengas que pasar por el medio del duty free. Un lugar muy extraño, donde se supone que los productos no tienen impuestos, pero son más caros que fuera del aeropuerto.

Finalmente, espero en la puerta de embarque, donde todo el mundo quiere entrar el primero, quizás porque la mayoría llevan unas maletas de mano, que sirven para hacer una mudanza. Poco a poco nos sentamos dentro del avión y despegamos.

Al poco tiempo llega la cena. Seguramente, la comida de los presos de Guantánamo tiene mejor pinta. Esta última vez me tocó una supuesta lasaña de un relleno que no supe distinguir y una mancha de tomate en el centro a modo de salsa.

La convivencia en el avión es difícil. Siempre hay algún niño cerca que llora medio viaje. Suelo pedir pasillo, suplicando que mi compañero de viaje no sufra de la próstata, y me pida levantarme cada hora.

Medir más de 1.80 cm de altura no ayuda, y cuando logro dormirme, pasa alguien por el pasillo, que me patea el pie que sobresale, o peor, se cae sobre mi cabeza.

El entretenimiento a bordo, se basa en películas bastante malas o viejas, y el típico mapa con el recorrido del avión que me tortura, informándome cuanto tiempo y kilómetros me queda para poder salir de allí.

Cuando queda poco para llegar, paso por el baño, para intentar peinarme y asearme un poco. Lo consigo con dificultad, en un baño diseñado para pigmeos.  Evidentemente, el sexo en el baño de un avión es un mito.

Luego de doce horas, finalmente aterrizamos, previo desayuno que continúa la línea de la cena. En cuanto el avión toca tierra, ya tenemos al ansioso, que abre el compartimiento superior para sacar sus cosas. Y todos se ponen de pie, para salir, a pesar de que el proceso tardará unos diez minutos.

Mientras camino hacia la puerta de salida, veo el estado en que quedó el avión, con papeles, auriculares, mantas, almohadas y cosas peores por el suelo, y me compadezco del personal de limpieza.

Una vez fuera, aun nos queda el proceso del aeropuerto de destino, pero ya me parece menos.

Y una vez de regreso a casa, al día siguiente de llegar juego a la Primitiva, con la ilusión de que me toque y la próxima vez viaje en primera.

20 comentarios en “Aviones”

  1. Es muy cierto que todo cambió en los viajes en avión. Recuerdo, por ejemplo, en mis viajes a Perú con mis padres cuando era chico, viajábamos por Braniff International. La atención de las azafatas te hacía sentir como si fueras un rey, estaban siempre atentas a los pedidos de los pasajeros, siempre ofreciéndote, ya sea una bebida, una manta, etc, y me acuerdo patente que, si bien era menos horas de viaje que a Europa, para cada refrigerio o cena, las azafatas se cambiaban el uniforme y el maquillaje. Y eso era la clase turista. No me imagino lo que sería viajar en esa época en primera clase…

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  2. Has descrito el viaje tal cual: el niño que llora o patea el asiento atrás, los maletines de mano enormes, el estrés de los controles, el baño… Muy cierto. Lo que sí, como hace dos años que no viajo por la pandemia ni en tren, no veo las horas de subirme a uno. Ya será, será…

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  3. ¡Muy buena entrada Guillermo! Describes perfectamente el calvario en el que se ha transformado un viaje en avión. ¡Qué tiempos aquellos en los que tus piernas cabían en los asientos de turista y te trataban como personas y no como ganado que arrean sin compasión! Me pregunto si en esas líneas orientales que pocos conocen, será igual. De todas formas, si te ganas una Primitiva, ni te molestes en comprar un billete de avión. ¡No se salvan ni los de la Business! Un abrazo.

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  4. ¡Nunca más vuelvo a viajar en clase turista!… Lo repito después de cada vuelo en clase turista que hago. Pero la suerte que es esquiva me pone en esas incomodísimas butacas tres talles más chicas que mi humanidad nuevamente una y otra vez… Será que el deseo de viajar, por el momento, es más fuerte que el dolor de espaldas que suele durarme varios días…

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  5. Me he reído mucho cuando explicas lo de los calcetines, me recuerda a mi madre que siempre que íbamos de viaje nos decía que lleváramos la ropa interior limpia por si nos pasaba algo y nos llevaban al hospital. A pesar de que nunca se lo dije me parecía surrealista preocuparse de eso si habías tenido un accidente. Un abrazo Guillermo.

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