Boomerang

Hace seis años, Carmen y Antonio entraron a mi tienda de telefonía. Era una pareja de unos de unos 75 años, y se les veía un poco perdidos.  Cintia estaba muy ocupada con unos clientes, así que me acerqué a ellos para ver que necesitaban.  Antonio tomó la palabra. Me dijo que  su gran pasión era el futbol, por lo que se acercó a un operador de la competencia, para contratar un paquete de internet, que le incluyera el futbol. Había pasado un mes y le había llegado una factura de 250 euros. En la oficina de su operador le dijeron que estaba todo correcto. No había contratado nada con nosotros, pero no sabía qué hacer y quería que alguien le ayudara.

Al  ver su situación, me di cuenta que le habían engañado, y le habían vendido el máximo vendible. Líneas de teléfono que no usaba y la televisión completa.  Lo tenía todo: cine, series, golf y hasta el canal de caza y pesca. Ahh y el futbol también.

Me dio pena.  El hombre me contó que no tenía a ningún familiar cercano, así que llamé a su compañía en su presencia, y le desconecté todo lo que no quería, para que su factura costara menos de la mitad de lo que estaba pagando.

Antonio,  agradecido por el favor que le hicimos, apareció al día siguiente con un par de botellas de vino. Y a partir de entonces, se convirtió como de la familia.

Durante muchos días insistió en invitarnos a comer  a su casa. Finalmente,  tuvimos que aceptar su invitación, y fui con Cintia, que trabajaba conmigo.  Carmen nos cocinó un pollo con salsa que estaba riquísimo. Durante la comida, nos contaron su historia.

Antonio y Carmen nacieron en Getafe. El aprendió el oficio de carpintero, pero a principios de los  años sesenta, las oportunidades eran pocas. Ellos se querían casar pero no veían como, ante su precaria situación económica.

Un amigo de  Antonio, le contó que el gobierno australiano necesitaba carpinteros y otros oficios, y ofrecía contratos a españoles.

Pensó que podía ser una buena opción, y se dirigió al consulado de Australia a informarse. Allí le hicieron una oferta que consistía en  un trabajo, con alojamiento y clases de inglés. Luego de comentarlo con Carmen, se lanzaron a la aventura, y con poco más de veinte años se fueron a la otra punta del mundo.

El gobierno australiano organizó un vuelo chárter, en el que la totalidad del pasaje eran trabajadores con oficios similares. Todas eran parejas jóvenes como  Antonio y Carmen.  

Fueron unos comienzos muy duros.  Al llegar a la que sería su casa, en Melbourne, resultó estar en unos barracones compartidos. El desconocimiento del idioma era una traba muy grande.  Aun así, poco a poco fueron progresando. Nos contaban que lo más duro era la distancia y la falta de comunicación con la familia. En esos años, sin amigos, ni internet, ni redes sociales, y casi sin posibilidad de hablar por teléfono, solo quedaban las cartas, y la respuesta llegaba al mes, con suerte.

Carmen nos contaba cuantas veces lloraba en soledad, por los desprecios que recibía al ser extranjera. En todas partes y en todas épocas pasan estas cosas.
A veces, la pena es ver a algunos que lo olvidan, cuando años después la realidad de un país cambia el sentido del  flujo migratorio.

Los años pasaron, tuvieron hijos. Esos hijos se casaron y les dieron nietos.  Y hace un par de años, ella enfermó. Tenía que seguir un tratamiento, que su seguro medico no cubría. Decidieron entonces viajar a España y volver a Getafe, donde se trataría en la Seguridad Social, que sí  le asistía, como a todos los españoles. Para que luego nos quejemos de nuestra Seguridad Social.

Sus hijos, con sus vidas en Melbourne, se quedaron allí. Así que otra vez están solos, con la familia lejos. Aunque ahora ya no tienen que esperar un mes a la respuesta de una carta, y pueden hablar a diario por whatsapp.

Cuando terminamos el café, Carmen abrió un armario y me regaló un llavero que había traído de Australia, con un pequeño boomerang. Inmediatamente lo puse con la llave de mi coche.

Hay muchas historias como esta, seguramente, pero mientras escuchaba atentamente lo que nos contaban, me sentí identificado en cierta manera. Los inmigrantes tenemos historias de ida y vuelta, y su regalo fue de  lo más  simbólico. Ese llavero con el  pequeño boomerang me recuerda esas idas y vueltas, cada vez que arranco el coche.

25 comentarios en “Boomerang”

  1. Bonita historia. La ancianidad siempre esconde muchas sorpresas.
    Emigrante, Inmigrante, nómadas, todos lo hemos sido.
    Cómo en la canción de Battiato:
    «Nómadas que buscan los àngulos de la tranquillidad,
    en las nieblas del norte, en los tumultos civilizados,
    entre los claros oscuros y la monotonía de los días que pasan.
    Caminante que vas buscando la paz en el crepúsculo
    la encontrarás, la encontrarás al final de tu camino».

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  2. Preciosa historia Guillermo, en la que entran temas que me interesan y preocupan especialmente. Por un lado, la desconexión tecnológica de generaciones de mayores, que dan lugar a esos engaños legales para hacerles pagar fortunas por cosas que no necesitan. Y por otro lado, el mundo de la emigración y de las pérdidas consecuentes.
    ¡Me gustó tu forma de contarlo! Un saludo.

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      1. Muy bien contada la historia como siempre!! Estoy de paso por eeuu y veo la enorme cantidad de emigrantes mexicanos y centroamericanos. Todos se aferran a sus costumbres, idioma y comidas. Es difícil la emigración sin dudas

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  3. La inmigracion es para los fuertes, no para cualquiera y si lo emprendes por tu propia cuenta, todavía más . Sin saber el idioma, las costumbres y la cultura del país , sola, desempeñando el trabajo duro y mal pagado , me sentí totalmente despreciada, el comienzo fue horrible, pero sobreviví. Muchas gracias por hablar de ello.

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  4. Espléndida historia nacida del trato discutible hacia los mayores que desconocen cuestiones tecnológicas y de los que se abusa literalmente. También algunos bancos hacen lo mismo. La historia es entrañable y como bien dices en tu texto ese flujo migratorio cambia en función de la situacióndel país, en el fondo como un boomerang, ya que el destino llevo a tus protagonistas de vuelta a sus orígenes getafeños. Un abrazo.

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