Un día en las carreras

Siempre me gustaron los coches, pero casi nunca pude participar en carreras. Sin embargo, mi primera experiencia en el mundo de la competición automovilística, la tuve a los 10 años.

Yo iba al colegio Don Bosco de Ramos Mejía. Y en ese año, y luego en los dos o tres siguientes, el colegio organizó una carrera de regularidad.

El evento tuvo lugar un fin de semana  de mayo. Para los que no conozcan como son las carreras de regularidad, intentaré resumir su funcionamiento, o por lo menos como yo lo recuerdo.

Entre los inscriptos, se sorteaba un número, que ordenaba el orden de salida, y cada coche comenzaba la carrera con una diferencia de un minuto. Antes de salir, se nos daba un libro de ruta, con un recorrido y unos check point marcados, donde se debía pasar a una hora determinada, en función a la velocidad que se nos señalaba. Había que encontrar estos check point en el camino, con las referencias que nos daban. Un cartel, una casa, un cruce de calles, etc. En otros check point, el participante no sabía la hora de paso, así que  debía calcularlo en función a la velocidad recomendada. Al pasar por ellos, se apuntaba la hora exacta de paso. Penalizaba tanto el tiempo de paso de más, como el de menos. Había jueces ocultos que velaban por el juego limpio y cronometraban los pasos de los participantes. Y también había controles secretos, que controlaban el paso por lugares que no figuraban como check point.

Ford Falcon del 71, con el que competimos

Al finalizar, se entregaban las notas a los jueces, quienes comprobaban las diferencias de tiempo. El que menos penalizaba era el ganador.

En estas carreras de regularidad, podía apuntarse cualquiera, pero la gran mayoría eran padres de alumnos. Había una categoría amateur y otra de profesionales. Nosotros evidentemente, éramos de los primeros.

Luego de mucho insistir, conseguí que mi padre se inscriba un par de veces conmigo de copiloto. A mis diez años, yo me sentía muy importante yendo como copiloto en esas carreras. Hoy creo que con esa edad, ni podría sentarme delante en un coche. Ni siquiera existían los cinturones de seguridad. Pero eran otros tiempos

El sábado previo a la carrera, tocaba la pintura de los coches. En el parking del colegio, había unos profesionales que pintaban el coche con pintura de tiza lavable, poniendo el número asignado en la inscripción, en las puertas y capó del coche,  y también pintaban textos con publicidad de los patrocinadores. Podía ser tiza negra o blanca, en función del color del coche. Una lástima no tener una foto del coche pintado.

Asi se pintaban los coches.

El domingo por la mañana, la carrera. En esos años, participábamos con el Ford Falcon verde claro, que tenía mi padre. Llevaba el número 79 en las puertas, pintado con tiza negra.  Aun recuerdo la matrícula de ese coche: C-357437.

El primer año fue un desastre. Ni yo era buen copiloto, ni mi padre prestaba atención a mis indicaciones. El ambiente dentro del coche tuvo momentos difíciles. Por suerte, lo volvimos a intentar al año siguiente, y gracias a la experiencia del año anterior, todo fue sobre ruedas, nunca mejor dicho.

Al terminar la prueba, nos esperaba un almuerzo multitudinario. Habían organizado un espectacular asado, en el que todas las familias de los competidores almorzábamos en largas mesas en el gimnasio, ese que años atrás, había sido el dormitorio para los alumnos pupilos, como el Papa Francisco, que fue alumno interno en mi colegio, y probablemente durmió allí.

 Había unos asadores profesionales que preparaban kilos y kilos de carne, en parrillas improvisadas, sobre la calle interna, allí donde comenzaba el cross de Araujo, y que unos años más tarde me tocaría padecer. Algún otro año, yo colaboré junto con otros amigos,  ayudando a servir las mesas. Eso tenía la ventaja de poder elegir y comer antes que nadie.

El fin de semana siguiente, el sábado por la noche,  se hacia un acto para la entrega de premios, en el teatro del colegio. Se premiaban a los 15 primeros con diversos trofeos, y también se entregaban unos trofeos con una cola de caballo para los últimos.

No ganamos, aunque esa segunda vez no lo hicimos tan mal porque nos tocó un trofeo pequeño, por el puesto 11º.

Trofeo por nuestro 11º puesto

Durante muchos años tuve en mi habitación ese trofeo, que tenía un volante con laureles, de esa carrera. Se perdió en la mudanza a España, como tantas cosas.

Hace un tiempo descubrí que aquí se hacen carreras de regularidad con coches clásicos. Algún día conseguiré un cómplice para participar en una de estas.

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