Los amigos del barrio

Cuando tenía cinco años mis padres decidieron cambiar de casa. Dejamos de vivir en Floresta  y comenzamos a vivir en Ramos Mejía. Nueva casa, nueva calle, nueva ciudad, nuevo colegio… La ventaja es que a esa edad uno se adapta muy bien a los cambios.

En el colegio era fácil hacer nuevos amigos. Al fin y al cabo, convivíamos unas cuantas horas, cinco días a la semana. Pero en el barrio era otra cosa más complicada. Aun así, poco a poco lo fui consiguiendo.

El primer amigo que hice en mi nuevo barrio, se llamaba Gustavo Gallardo. Vivía en la esquina. Yendo a su casa, aprendí a andar en bicicleta. Como ya he contado hace un tiempo, mi primera caída fue cuando fui desde mi casa a la suya, y terminé en el suelo en su puerta, al intentar girar.

 Sus padres eran sevillanos y un par de años después decidieron volver a su Sevilla natal. Éramos muy amigos, y me dolió su partida. Nunca más lo vi, y eso que, hace un tiempo, hurgué por las redes sociales, pero nunca más supe de él.

Por suerte al poco tiempo llegó al barrio otro Gustavo. Spaletti de apellido. Y fue a vivir a la otra esquina de mi casa.  Enseguida nos hicimos amigos. Y poco después llegó Marcelo, enfrente de casa. Con ellos y algunos más que iban y venían, conformamos la pandilla de la calle Alvear al 500. La calle era nuestra, y conocíamos cada recoveco de esos cien metros. Todos los vecinos y sus historias.  La burbuja de amigos del barrio era diferente a los del colegio. Aquí teníamos diferencias de edad. Siempre aparecía el que era el más mayor del grupo, contando historias inventadas, que todos nos creíamos. Todos teníamos colegios diferentes,  y cada uno contaba sus vivencias en el suyo. Alguna vez venia el primo de alguno, y lo integrábamos sin problema.

Por las tardes cuando alguno estaba aburrido, salía a la calle y le tocaba el timbre a otro de ellos. Normalmente salía su madre a la que le preguntábamos  “está Gustavo?” y ella lo llamaba. Si llovía, jugábamos en casa, pero lo habitual era estar en la calle.

Allí jugamos a la pelota, hicimos carreras de coches, subimos al árbol de la puerta de mi casa, o tiramos petardos en navidad.  Si teníamos sed, siempre encontrábamos algún grifo en el jardín de un vecino donde ir a beber agua. Si, en esa época bebíamos agua del grifo, y no pasaba nada. También allí, unos años más tarde, cuando las hormonas empezaron a aparecer, esperábamos sentados en algún sitio, para ver pasar a las chicas que vivían cerca.  A mí me gustaba una que se llamaba Virginia, pero creo ella que nunca lo supo. Desde luego yo nunca tuve valor en decírselo.

Lo bueno de esos años  setenta, era que no había consolas ni móviles, y tampoco problemas de seguridad, por lo que estábamos en la calle, sin horarios, hasta escuchar el grito de alguna de nuestras madres que decía “ a cenar!!”

Compartimos esos años de infancia, que tanto recordamos cuando pasan los años. Luego fuimos creciendo, y la vida nos llevó por distintos caminos.

Como decía, al primer Gustavo no lo volví a ver. A Marcelo lo tengo en el facebook, y sé que vive en Barcelona.

Pero con el segundo Gustavo seguimos más tiempo en contacto, y hace un par de años, en uno de mis viajes a Buenos Aires, nos reencontramos y pasamos una tarde tomando un café y recordamos muchos de estos  momentos. Luego paseamos por el barrio, mientras me contaba historias de antiguos vecinos. El seguía trabajando allí, porque tenía su estudio de fotografía en  la que había sido su casa.

Desde que escribo este blog, siempre me mandaba comentarios de mis historias. Alguna de ellas lo tuvo como protagonista, como “el dueño de la pelota”, en la que se reía de lo que yo recordaba, y él no. Lamentablemente, su corazón se apagó una noche del pasado marzo.

Esta semana hubiera sido su cumpleaños. El facebook, que es puñetero, me lo recordó. Y volví a revivir otra vez, con nostalgia, mi barrio de Alvear al 500.

12 comentarios en “Los amigos del barrio”

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