Matrimonio de conveniencia

A los 18 años me dejé la barba.

A los 20 el pelo largo.

A los 22 dejé de vivir con mi padre, para irme a vivir solo, bueno, no tan solo, sino que compartimos casa con una amiga.

A los 24, un 18 marzo del 89 comenzamos a vivir juntos con Gabriela a mi casa de Buenos Aires. Nada de boda, nada de fiestones, nada de nada.

Ese día, solo hicimos una reunión en casa con amigos y ya está.

Mi rebeldía juvenil en contra de lo establecido iba bien.

Al mes siguiente comenzamos a planificar nuestra emigración a España. Como Gabriela era (y sigue siendo) española, decidimos que lo mejor era casarse para que a mí no me echaran.

Se fue a la mierda la rebeldía.

Bueno, tenía claro que no me iba a casar por la iglesia de ninguna manera. Para cumplir con el trámite, solo sería una ceremonia civil.

Mi madre siempre tuvo la ilusión que yo me casara en la  iglesia de María Auxiliadora. Pero ya hacia unos años que ella no estaba. De cualquier forma, creo que me hubiera entendido y respetado mi decisión.

El proceso empezó en el registro civil de la calle Paraná, donde fui a pedir turno para casarnos. Al llegar, me explican todo y me dicen que debo pedir turno 28 días antes. Ese día era el 1 de junio,  así que para que esperar más, y le dije que nos apunte para el 29, y con cara de asombro, nos apuntó. Mira por donde, nos casábamos el mismo día que Argentina había salido campeón en México, tres años antes. No sé porque me acuerdo de esto.

No sé si seguirá existiendo la arcaica costumbre de tener que pasar un obligatorio reconocimiento médico previo. El caso que a nosotros nos tocó en el hospital Zubizarreta, frente a plaza Devoto.

Llegamos pronto, en ayunas para que nos tomaran una muestra de sangre, y nos hicieron esperar casi 3 horas. Antes que nosotros, entró un niño al que también le sacaban sangre. Empezó a gritar como si le estuvieran amputando el brazo sin anestesia. Mala señal.

Llega mi turno, me sacan sangre y al volver a la sala de espera me cuentan que me desmayé. Sería el ayuno, la espera, la impresión de los gritos del niño, o la impresión del compromiso. No lo sé.  

Cuando vuelvo a la conciencia, veo a Gabriela y a una enfermera que, con aspavientos me llama Pavarotti, intentando despertarme. Se ve que mi envergadura y mi barba le recordaban al tenor italiano. Gabriela aun se ríe mucho al recordarlo.

Llegó el día.

Quería ir en vaqueros, pero al final me convencieron para ponerme un traje. Una amiga pasó por casa y nos hizo una sesión fotográfica en un parque. Luego nos acompañó al registro civil e hizo más fotos.

Se suponía que solo estaríamos nosotros más padres y hermanos. Me llamó mi amigo Alejandro y le dije que me casaba así que apareció por allí. Al final, a la salida del civil había más amigos, todos cumpliendo la tradición, tirando kilos de arroz.

Tengo una foto, bajando las escaleras del registro civil, con la libreta roja de matrimonio en la mano, y enseñándola a la cámara. Era el equivalente al pasaporte.

Luego fuimos a casa de mi suegra y lo celebramos en la intimidad familiar.

 Nos perdimos la despedida de soltero, el fiestón, los regalos y la luna de miel….aunque por lo menos tenemos algo distinto que contar.

Dos meses después, aterrizamos en Madrid. No me echaron, aunque no pude trabajar legalmente durante 3 años, pero eso es otra historia….

El matrimonio de conveniencia no salió tan mal… ya llevamos más de 30 años y aquí seguimos juntos.

1 comentario en “Matrimonio de conveniencia”

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