El dueño de la pelota

Cuando era pequeño, tenía muy presente que cuando jugábamos al futbol, existía el mito del dueño de la pelota. Esa leyenda urbana, pero muy real, que dice que el que el que llevaba la pelota jugaba seguro. Si se iba, se acababa el partido y la diversión.

Cuando yo tenía unos 10 años, quedábamos para jugar, en los campos de futbol de mi colegio Don Bosco de Ramos Mejía. Por la mañana, cuando estábamos en clase, la pregunta segura era ¿Quién trae la pelota esta tarde? Solo unos pocos tenían una.

Jugando en el colegio

Luego por la tarde, los que llegábamos pronto, esperábamos sentados a que llegara el que la traía para empezar.

En esos años todos juntábamos figuritas (cromos en España) en un álbum. Muchas veces, el premio del álbum lleno era una pelota de futbol.

Álbum de los años 70

Alguno de mi clase tuvo la idea de llenar un álbum entre todos para conseguir una pelota comunitaria y solventar este problema. Había surgido la semilla del cooperativismo. Todos estuvimos de acuerdo y nos pusimos a ello. Pasaban los días y el álbum se iba completando. Pero llegó el momento en que el álbum estaba lleno, a falta de la figurita difícil. Siempre había una difícil. La que faltaba en nuestro caso,  se titulaba “el cubito y el piolín” y se refería a un truco de magia con un cubito de hielo y un trozo de cuerda. Nadie la conseguía.

Yo tenía un vecino amigo, Gustavo, un par de años menor que yo, y que vivía en la esquina de mi casa. Jugábamos a diario en la calle. Por suerte, nos toco vivir un tiempo en que eso era posible. Recuerdo que rellenábamos unos coches de plástico con plastilina, le quitábamos las ruedas delanteras, y le poníamos una cucharita de café clavada delante para que deslizara, apoyando en la cucharita. Y con esos coches, hacíamos carreras con otros vecinos. Mi pasión por los coches me viene de muy pequeño.

coche relleno de masilla con su cucharita.

Un día, revisando figuritas con Gustavo, veo que tiene la famosa “el cubito y el piolín”, la difícil que nos faltaba. Lo comenté con mis compañeros de clase, y tomamos la decisión de conseguirla, aunque nos cueste mucho. Al día siguiente, comenzó la negociación. Luego de un tira y afloja, recuerdo que se la cambié por un montón de figuritas, que habíamos juntado entre los de mi clase. Los dos quedamos satisfechos. El con muchas más figuritas y nosotros con el pasaporte a la pelota.

Finalmente, cambiamos el álbum completo y la conseguimos. Esa pelota tenía muchos dueños y ninguno. Después de cada tarde de jugar en el colegio, alguno se la llevaba a casa, con la promesa de no faltar al siguiente día de futbol.

Luego de darnos muchas tardes de diversión, quien sabe donde acabó. Pero por lo menos, nos dio un tiempo en el que la pelota no era el problema, y el mito del dueño de la pelota fue algo de lo que no nos teníamos que preocupar.

12 comentarios en “El dueño de la pelota”

  1. La escasez en este caso de una pelota de fútbol activa la necesidad y está agudiza el ingenio. Esta historia existió porque ningún padre salió corriendo a comprarla. Sin tal vez ni siquiera saberlo nos educaron

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  2. Me encantó! Y me hizo pensar en otras situaciones, se disparó la metáfora “el dueño de la pelota” y un antídoto: “La semilla del cooperativismo”.
    Gracias Guille. Beso

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  3. Vaya, quien no jugó fútbol con esos balones indestructibles que duraban muchos días. ¿Ahora en qué gustan su infancia los chicos (as)? No creo que en exceso de fútbol aunque algunos aún la juegan en la calle. Gracias por este relato que me llevó a mi infancia fútbolera

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  4. Excelente muestra de cooperativismo y de lo que ahora se llama pomposamente “trabajo en equipo”. El ingenio de ese grupo de chavales fue un éxito, incluso a pesar de que la negociación fue complicada, pero la satisfacción de olvidarse del dueño de la pelota compensó todo. Por cierto lo del coche relleno de plastilina y la cuchara me parece fantástico e ingenioso. Un abrazo.

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    1. Esos coches de plástico, Les hacíamos un agujero por debajo y los rellenábamos de plastilina para que pesaran. Luego le quitábamos las ruedas delanteras y les poníamos una cucharita de café para que deslizaran. Era la moda de mi infancia. Cuantas tardes….
      Un abrazo.

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